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Quizás están aquí pero no podemos verlos

La sonda Voyager se encuentra en
 los confines del Sistema Solar

En 1950, el físico italiano Enrico Fermi enunció su famosa paradoja; según la cual, la alta probabilidad de la existencia de civilizaciones extraterrestres entra en contradicción con la ausencia de evidencias de dicha existencia. El eminente científico, condicionado por su implicación en el desarrollo de las primeras bombas atómicas americanas dentro del conocido como Proyecto Manhattan, resolvió el problema de una manera fulminante: una civilización extraterrestre con un elevado grado de desarrollo tecnológico debería haber creado sus propias armas de destrucción masiva y haber sucumbido ante ellas. No les habría dado tiempo a enviar a la Tierra una carta de presentación.
La cosa, entonces, parece clara. No hay evidencias porque no las vemos. ¿Y si estuviésemos equivocados?

No se dan a conocer
“La tecnología extraterrestre podría existir en el Sistema Solar sin nuestro conocimiento”. La cita no está sacada de una novela de Arthur C. Clarke. Es la manera en que se abre el estudio académico publicado, a principios de noviembre, por los científicos Jacob Haqq-Misra y Ravi Kuman Kopparapu, de la Universidad de Pensilvania.
El trabajo, con el sugerente título “Sobre la probabilidad de la existencia de artefactos de origen no terrestre en el Sistema Solar”, hace un análisis científico sobre las causas por las que posiblemente no hemos detectado pruebas de tecnología extraterrestre en nuestro vecindario. Las conclusiones son sorprendentes.
Los restos del módulo Eagle,
 de la misión Apolo XI, en la Luna,
 fotografiados por la sonda LRO.
 Indistinguibles  de una roca.

Los autores inciden en el hecho de que aún no hemos observado lo suficientemente bien nuestro entorno. Quizás, existan aparatos alienígenas pero, sencillamente, no los vemos. La falta de evidencias sería debida, por un lado, a “lo limitado de nuestras búsquedas hasta la fecha”. El espacio interplanetario es muy amplio y no lo hemos escudriñado lo suficiente. El mismo enfoque podríamos aplicar a las superficies de los planetas.
Por otro lado, nuestra tecnología aún es deficiente a la hora de mirar lo ocurre ahí fuera.
Los autores proponen dos líneas maestras, dentro de lo que denominan “hipótesis zoo”, para resolver el dilema de la ausencia de pruebas: la verificable y la no verificable.
La segunda nos lleva a un callejón sin salida. Nos sugiere que los extraterrestres utilizan una tecnología tan avanzada que logran ocultarse de manera absolutamente efectiva. Su presencia no se puede conocer. La existencia de tales seres solo se podría deducir gracias a un sistema de creencias, es decir, sería cuestión de fe; sencillamente, no habría pruebas.
¿Cuáles serían las razones para no presentarse? Haqq Misra y Kopparapu especulan de la siguiente manera: “Imaginamos que una civilización extraterrestre benevolente evitaría interferir en nuestra cultura primitiva hasta que hubiésemos alcanzado cierto umbral de desarrollo, por ejemplo, el descubrimiento de los viajes a la velocidad de la luz o la prueba del inicio de una conversación con alguna inteligencia cercana. Aún más allá, una omnipresente civilización extraterrestre podría diseñar un ‘planetario virtual’ que nos forzara a observar un universo vacío, lo cual nos evitaría la oportunidad de desvelar su presencia hasta que ellos quisieran”.
Los investigadores prefieren aparcar esta posibilidad, que desde el punto de vista científico no nos llevaría a ningún lado, y toman como modelo la única referencia que se conoce: la experiencia humana. Se trata de la hipótesis zoo verificable.

El robot Opportunity en suelo marciano,
detectado por la sonda MRO
Non Terrestrial Artefacts
Si en algún rincón de la galaxia ha evolucionado alguna suerte de vida de inteligente, no sería descabellado imaginar que allí se hubiera repetido la historia de forma similar a como hubiera sucedido en la Tierra, es decir, unos seres inteligentes habrían construidos naves no tripuladas que enviarían explorar planetas muy distantes.
Aquí, ha sucedido con las ya míticas misiones Voyager y Pioneer. Algunos de estos aparatos fabricados por el Hombre ya han salido de los confines del Sistema Solar para adentrarse en al inmensidad del cosmos. Los científicos aún escuchan su lejano rugir de datos.
Desde un punto de vista científico y económico, las misiones tripuladas serían muy costosas y poco útiles también para una inteligencia extraterrestre.
Los autores del informe denominan a estos aparatos NTA (Non Terrestrial Artefacts), en un intento de evitar confusiones con los ovnis. Así, se quiere desligar el estudio de esta probabilidad de cualquier fantasía o mito generado por la cultura ufológica.

Encuentro de humanos
con un monolito de procedencia
 extreterrestre: un posible NTA
Pero,  suponiendo que los NTAs fueron enviados hace mucho tiempo, ¿por qué no los vemos?
Si tenemos en cuenta los criterios citados de economía y ahorro energético, un aparato de este tipo, y siempre remitiéndonos a la experiencia humana, tendría un tamaño de entre 1 y 10 metros. A pesar de que conocemos bien las superficies de la Luna y de Marte, la resolución de las fotografías que nos envían las sondas espaciales no es lo suficientemente nítida como para ofrecernos, por ejemplo, la imagen de un coche.
De hecho, cuando observamos algunos de los rover o aparatos enviados desde la Tierra en la superficie marciana, la apariencia que ofrecen es la una roca. Es el caso de la sonda LRO (Lunar Reconnaissance Orbiter), que nos ofreció las imágenes de los módulos lunares de la misión Apolo XI.
Llegados a este punto, no podemos evitar acodarnos del famoso monolito de la “2001, una odisea del espacio” (S.Kubrick, 1968). En una histórica secuencia, los astronautas que se hallan en la la Luna descubren como el misterioso objeto se erige ante ellos emite una potente señal. Se trataba de una especie de baliza cósmica que advertía a una lejana civilización del momento en que el hombre pisaba nuestro satélite natural.
Entonces, ¿no podemos detectar estos NTAs? Cabría esperar que la calidad de las fotografías enviadas por las sondas marcianas y lunares mejoraran notablemente en los próximos años. 
Enrico Fermi no
era muy optimista respecto
 a la existencia de
otras civilizaciones. Pensaba
que se habrían autodestruido

Otra vía es detectar anomalías de tipo térmico o de composición mineral que nos pusiera en la pista de que eso que está ahí no es natural ni construido por el ser humano. Es la esperanza que nos da la misión Curiosity, lanzada el pasado 26 de noviembre, rumbo a Marte, el lugar  en el que, por alguna razón, se concentra todas nuestras expectativas. El robot, que aterrizará en el planeta rojo en agosto de 2012, incorpora todo el instrumental preciso para detectar vida. De hecho, es uno de los objetivos fundamentales de la misión. Se podría dar la extraña situación de que la sonda terrestre se tope con un NTA, ¿Qué reacción cabrá esperar entonces por ambas partes?

El mayor descubrimiento de la Historia
Los científicos de la Universidad de Pensilvania cierran el informe, en su apartado de conclusiones, recordando que “aunque podemos descartar que otras civilizaciones tecnológicas hayan usado puertos en la Tierra (…), el resto del Sistema Solar no ha sido explorado con suficiente resolución para descubrir estas pruebas”. Habría que mirar en otros planetas y, también, en asteroides ya que serían un lugar ideal para permanecer ocultos.
“El descubrimiento de tecnología extraterrestre sería uno de los hallazgos más significativos de la historia de la Humanidad” recuerdan, por lo que se invita a la reflexión por parte de las autoridades y a que “la búsqueda de NTA en nuestro sistema solar sea tenida en cuenta antes que otras misiones astronómicas más convencionales”. 

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