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El Reloj del Fin del mundo en la revista Leer

La revista literaria Leer ha tenido la gentileza de entrevistarme y de recomendar mi libro El Reloj del fin del mundo. Reproduzco la entrevista a continuación:


Pregunta.- ¿Hacia qué perfil de lector va orientado el libro El reloj del fin del mundo?
Respuesta.- El libro está orientado al público curioso y ávido de respuestas. Desde hace algún tiempo, estamos siendo bombardeados con toda clase de teorías catastrofistas y apocalípticas. La gente se hace muchas preguntas sobre la realidad de tales ideas. Con el libro intento resolver algunas cuestiones referentes al fin del mundo, tocando temas candentes como el fenómeno 2012, sin necesidad de que el lector disponga de una gran cultura científica. 
Lo que si ha de tener quien se aproxime a la obra es un gran sentido crítico ya que desmitifico algunas de las historias que han circulado por muchos medios de comunicación y que se han asentado como verdades absolutas.

P.-  ¿Por qué este título singular, El reloj del fin del mundo?
R.- Hace alusión a un curioso mecanismo que existe en la Universidad de Chicago y que se trata de eso, de un reloj. Es un recurso muy hábil para dar a entender lo próximos que estamos al fin de la civilización.
El minutero del reloj está fijo. Solo se mueve cada cierto tiempo, cuando un comité de científicos especializados en cuestiones como armas nucleares o el cambio climático, consideran que la humanidad está dando pasos peligrosos hacia su desaparición. En ese caso, el minutero se aproxima hacia la medianoche. Ahora mismo, estamos a cinco minutos de ese hipotético apocalipsis. Pero créeme que no es el momento en el que más próximo ha estado de las 12.
En definitiva, me pareció una herramienta que podía suponer en mi libro una metáfora muy útil a la hora de abordar los inquietantes escenarios que aún debe abordar nuestra especie en cuestiones como el terrorismo nuclear, el cambio climático, enfermedades fuera de control o la vigilancia de los miles de asteroides potencialmente peligrosos que se mueven cerca de nuestro planeta.
P.-  ¿Cuál es la tesis/el enfoque principal sobre la/el que realizó las investigaciones de la obra?
R.- La idea principal era la de fundamentar algunas de las más populares teorías del fin del mundo que podemos leer a diario, sobre todo en Internet, el medio natural de este tipo de historias. Para ello consulté a expertos de las más diversas ramas del conocimiento y, a través de estas entrevistas, llegué a algunas conclusiones. Si bien, muchas de las supuestas amenazas  a las que se enfrenta el hombre son fruto de elaboraciones periodísticas exageradas o de la literatura, hay otras que sí merecen una seria consideración, más de lo que inicialmente yo había tenido en cuenta.
P.- ¿Cuál de todas las amenazas a las que se enfrenta la humanidad le parece más preocupante?  ¿Y la menos acechante?
R.- Podría perfectamente responderte que la más preocupante es la del asteroide. Tarde o temprano caerá una roca de cierto tamaño a la Tierra que afectará gravemente a la vida. Esto es un hecho, como lo fue en el pasado. Es una mera cuestión de perspectiva.
Sin embargo, últimamente sigo con cierta preocupación todo lo que tiene que ver con determinados avances tecnológicos. Uno de los apartados del libro lo dedico a una hipotética batalla en el futuro entre humanos y máquinas. Sinceramente, no lo veo tan descabellado.
Si te fijas en las noticias que nos llegan a diario sobre determinadas intervenciones militares en lugares como Afganistán, te darás cuenta de ello. Cada vez son más frecuentes las maniobras de drones, estos pequeños avioncitos no tripulados, que en muchas ocasiones matan a personas. Es decir, el aparato, en base una serie de algoritmos, elige el blanco más conveniente en función de una serie de circunstancias y “decide” liquidarlo. En mi opinión, suponen las primeras bajas humanas a manos de las máquinas. La semilla está plantada.
Por otro lado, la amenaza menos probable podría ser una invasión extraterrestre. De acuerdo, aunque yo no lo descartaría del todo. Actualmente, hay abierto una amplio debate al respecto en el propio mundo académico. ¿Cómo reaccionaríamos si ellos se presentan abiertamente en nuestros cielos? Sinceramente, no cabría esperar una reacción muy razonable por parte de los humanos. En 1938, a raíz de la famosa emisión radiofónica de Orson Welles, “La guerra de los mundos”, miles de ciudadanos estadounidenses hicieron acopio de comida, colapsaron las carreteras e, incluso, alguno se quitó la vida. Éste sería el problema, más que el posible carácter hostil, o no, de nuestros visitantes.
P.- ¿Cree que actualmente el ciudadano de a pie mantiene intacta esa idea creencia incondicional en “el científico como salvador del mundo”?
R.- Creo que actualmente la figura del científico genera posiciones encontradas. En nuestra sociedad, desde hace años se ha producido una especie de sacralización de la ciencia,  que nos hace pensar que nos proporcionará todas las herramientas para salvar el pellejo. Es como el maná de los dioses.
Pero no es menos cierto que es precisamente al progreso científico a quien se le achacan no pocos problemas como la carrera nuclear o el cambio climático. El desarrollo científico genera sus propias fobias. Es precisamente aquí donde está el germen de ese miedo atroz a un eventual enfrentamiento entre hombres y máquinas del que hablo en el libro.
P.- ¿Qué destacaría de su investigación plasmada en el capítulo “La amenaza exterior”?
R.- Después de algunas entrevistas con científicos, que incluyen a investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias, solo podemos considerar que una colisión con un asteroide es algo inevitable. Las estadísticas dicen que uno como el que acabó con los dinosaurios impacta contra nuestro planeta cada 60 millones de años. Es decir, que ya nos va tocando. Bueno, cuando digo que ya nos va tocando, me refiero a que quizás ocurra dentro de 500.000 años, algo que en la escala del tiempo geológico es como decir la semana que viene.
¿Dónde estarán los humanos para entonces? ¿En Marte? ¿Habremos colonizados el Sistema Solar? ¿O nos habremos extinguido para dar paso a otra especie más poderosa e inteligente?
P.- ¿Cuál es su opinión sobre el actual boom de literatura apocalíptica?
R.- El éxito de los libros que hablan del fin del mundo creo que se basan en una idea muy sencilla: todo el mundo piensa que es algo inevitable.
Una reciente encuesta elaborada por la agencia Ipsos revelaba que el 15% de la población mundial cree que vivirá para ver el fin del mundo. En el fondo todos pensamos que estamos condenados.
Este pensamiento proviene de la concepción judeo-cristiana del tiempo, que establece una percepción lineal del mismo. La Biblia  establece un origen del mundo y, por supuesto, en el Apocalipsis se describe como será el final. Esto ya se instituyó hace 2.000 años. Desde entonces, el ser humano ha visto en cualquier señal un indicio del fin de los tiempos. Se ha generado una ansiedad apocalíptica que no ha disminuido en el presente.
La gente lee libros apocalípticos para confirmar esta idea previa más que para descubrir nuevos conocimientos.
Por otro lado, muchas de estas obras suelen contener un mensaje mesiánico que habla de una renovación espiritual del ser humano y, por tanto, su salvación. No deja de ser un caramelo para el cerebro y para el alma.
P.- ¿En qué sentido valora que la lectura de estas páginas puede plantearnos una “lección de humildad”?
R.- Sin duda es la gran lección que podemos extraer. El espacio que ocupamos en el universo es muy pequeño y está sujeto a equilibrios que son más frágiles de lo que nunca hubiéramos podido pensar. 
El tiempo que llevamos habitando el planeta como especie es muy escaso. Posiblemente, nuestro paso por la Tierra sea efímero. Lo que  ya ocurrió en el pasado, con millones de especies, es muy probable que también nos pase a nosotros. ¿Por qué iba a ser de otra manera? No somos una especie eterna. Disfrutemos por tanto del tiempo que la naturaleza nos ha otorgado. Somos privilegiados.
P.- ¿Confía en la tecnología como única arma para vencer un horizonte apocalíptico?
R.- El futuro del ser humano es salir al exterior. De eso no hay duda. Y el desarrollo científico será la clave. Misiones como la actual Mars Science Laboratory – la del robot Curiosity- realmente son un paso necesario dentro de un plan más ambicioso que es construir una colonia humana en Marte.
Nuestros días en la Tierra están contados. Los recursos son escasos para una población que crece a un ritmo exponencial.
Además, si colonizamos otro planeta habremos multiplicado nuestras probabilidades de sobrevivir como especie a un cataclismo global.
Estoy seguro que dentro de mucho mucho tiempo, la Tierra será un recuerdo en la memoria colectiva. Se hablará de ella como el lugar en el que se originó la Humanidad.



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