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La Cueva de las 1000 ventanas

Ese día decidimos citarnos en la gasolinera del restaurante El Volcán, en la salida de la autopista del Sur hacia Güímar, a las 8 y media de la mañana. Un buen madrugón para ser sábado pero el plan previsto requería que aprovechásemos cada minuto de aquel soleado día de junio. Así fue como el periodista José Carlos Gil y los investigadores Juan Luis Díaz, Fran Marrero y el que suscribe decidimos poner rumbo a las cumbres de Güímar. El destino era conocido como la Cueva de las 1000 ventanas.
A decir verdad, me empecé a interesar por este lugar hace varios años, a raíz de la publicación del libro “Barranco de Badajoz. Entre leyendas y misterios” de mi buen amigo Juanca Romero. Buena parte de las historias que circulaban sobre este enclave de la geografía canaria, considerado como mágico por muchos, ya las conocía. Sin embargo, al leer la obra de Romero, me llamó la atención una historia sobre una galería ubicada en los altos del barranco, bastante inaccesible, en el que la rumorología local había situado una romántica historia sobre almas en pena.


El camino se hace a través de un canal,
a un lado queda el precipicio
Según podemos leer, el 24 de septiembre de 1997, un muchacho, aficionado a la recolección de muestras de la flora del Barranco, salió por la mañana en dirección a la Cueva. Ya caída la tarde, su madre preocupada, al ver que no aparecía, decidió ir en su busca con tan mala fortuna que acabó perdida en las galerías para no saberse nada más de ella. La leyenda cuenta que es el espíritu de la malograda mujer la que se aparece a los visitantes en la Cueva de las 1000 ventanas.
La verdad es que se trata de una historia sin sustento, tal y como el propio autor admite en su libro. Apenas pudo llegar a conocerla a través de un testimonio indirecto. A lo largo de la propia excursión me enteraría de que podría tratarse de la distorsión sufrida a partir de suceso supuestamente real, según el cual, una mujer que gustaba de flirtear con prácticas esotéricas habría desaparecido a finales de la década de los 90 en esta parte del barranco.
Boca de entrada a una galería

Galería desoladas, oscuras e interminables
A la Cueva se puede acceder a pie, a través del barrio de San Juan. Afortunadamente, el todoterreno de Fran, nos ahorró alguna que otra hora de camino y, por un camino no apto para cualquier clase de vehículos, logramos subir la cordillera hasta unos 1.000 metros de altura. A partir de ahí, iniciamos a pie una caminata por encima de un antiguo canal de agua que nunca llegó a usarse. El camino no estaba exento de peligro ya que, si bien a un lado de la canalización teníamos la ladera de la montaña, al otro se abría un precipicio sin fin. La cosa se ponía aún más fea cuando algunas de las losas que tapaban el canal aparecían rotas, obligando al excursionista a hacer peligrosas cabriolas para guardar el equilibrio. Un camino, por tanto, no exento de riesgo pero que, en cambio, regalaba unas impresionantes panorámicas del municipio de Güímar hasta la costa, imposibles de disfrutar de otra manera.
La Cueva de las 1000 ventanas
mide varios kilómetros

Tras una hora de camino, hicimos un alto en el camino para beber agua y sacar algunas fotos. Tras la parada, entramos en una galería. Era relativamente angosta pero permitía el camino sin gran dificultad. Las tres galerías siguientes transcurrieron con mayores apreturas. Había que agacharse la mayor parte del camino, ya que el techo perdía altura y las paredes parecían conducirnos a gargantas impracticables. Hicimos buena parte del recorrido, entrando y saliendo de las galerías; con linternas, ya que la oscuridad era total, y bien abrigados. Si bien la temperatura ambiente ese día era primaveral, en las galerías, nos envolvían intensas corrientes de aire frío. A la salida del último tramo, el camino se dilata y, sin darnos cuenta, entramos en la Cueva de las 1000 ventanas; un largo pasillo que bordea la cumbre serpenteantemente durante varios kilómetros y que presenta grandes orificios circulares, confiriendo al lugar un aspecto desconcertante. No era de extrañar que en un lugar tan fantasmagórico como este surgieran historias sobre aparecidos.
Las oquedades, de unos dos metros de diámetro, habrían sido practicadas, probablemente hace 100 años, por aquellos que trabajaron en la construcción de las galerías agua; quizás para ventilar el recinto y desalojar escombros.
Una de las ventanas
de la cueva

Allí nos quedamos media hora, contemplando el abismo que se abría a los pies de las “ventanas”. Al fondo, entre las gargantas que forman las laderas podíamos observar buena parte de la costa oriental de la isla, presidida por el cono volcánico Montaña Grande. Sacamos el bocadillo, media hora de conversación y continuamos caminando una horita más. Nos quedamos a un rato de descubrir la bizarra estampa de una pala mecánica caída en mitad del camino desde lo alto. El accidente tuvo lugar hace varios años cuando su conductor, un trabajador extranjero, calculó erróneamente una maniobra de giro, perdiendo la vida al pasarle la máquina por encima. Desde entonces, el vehículo sigue allí, como testigo mudo de la tragedia.
Aún teníamos algunas cosas que hacer, así que dimos la vuelta y emprendimos el camino de regreso que, como suele pasar, se hizo sensiblemente más corto. Antes de darnos cuenta ya estábamos en Arafo, tomando un refresco para reponer fuerzas y acometer el último tramo de la aventura.


Enclave de misterios
A mi modo de ver (y no soy el único que piensa que así), la popularidad adquirida por el Barranco de Badajoz es heredada por el espectacular descubrimiento de Las Pirámides de Güímar, a apenas un centenar de metros de la entrada del barranco. A principios de los años 90, cuando el desaparecido periodista Paco Padrón anunció el hallazgo de estas estructuras a través de su página dominical del Diario de Avisos, una peregrinación de curiosos y seguidores de las cuestiones esotéricas tuvo lugar. Alguno de ellos debió de sentirse atrapado por el cercano Barranco de Badajoz, cuyo paisaje sugería misteriosas conexiones con los constructores de las pirámides.
Una de las pirámides de Güímar

Echamos un vistazo a las pirámides y nos damos cuenta, mientras conversamos, de que es fácil entender que el debate sobre su origen esté lejos de cerrarse. La perfecta disposición de sus piedras, el curioso efecto de la “doble puesta de sol”, la escalinata que se encuentra en el oeste y que permite asomarse a la salida del astro rey…La última teoría, desarrollada por científicos del Instituto de Astrofísica de Canarias, hablaba de construcciones simbólicas desarrolladas por un masón, Antonio Díaz Flores, a mediados del siglo XIX. Sin embargo, en un reciente intercambio con un veterano masón de una logia de La Laguna, éste negaba taxativamente cualquier vínculo de las pirámides con la masonería.

Un vecino nos señaló esta casa como el lugar  en el que
habría vivido la "niña de las peras"
Visitamos el barrio de San Juan, también cerca del Barranco. Dos motivos nos llevaron aquí. Uno de ellos fue el “Cristo negro” que se puede observar en una pequeña ermita, cerca de la plaza principal del barrio. El Cristo de la Expiación es una curiosa talla, que algunos autores consideran de inspiración templaria,  mandada construir por el canónigo lagunero Don Ireneo González, a finales del siglo XIX, en honor a su madre. Según nos pudimos enterar, detrás de la figura se pueden leer las cifras “1314”, como es sabido, fecha en que los últimos templarios fueron ajusticiados en Francia, con lo que el misterio queda garantizado.
La otra razón que nos arrastró a San Juan fue la emblemática leyenda de la Niña de las peras, que hace referencia a suceso que habría tenido lugar a principios del siglo XX, según el cual una cría se habría perdido en el Barranco de Badajoz para regresar 30 años después, cuando su madre ya había fallecido, mientas que para la niña el tiempo no habría transcurrido.
El Barranco de Badajoz,
desde la Cueva de las 1000 ventanas

Lo cierto es que ya hace un tiempo que me interesé por indagar en las raíces de esta historia, consiguiendo que algunos vecinos me señalaran incluso la casa en la que habría residido la protagonista. Una vez más, toqué a la puerta, pero nadie abrió.
Esta zona de Güímar se ha convertido, durante los últimos 15 años en un espacio donde las leyendas parecen surgir como por generación espontánea. Todo parece indicar que se ha disparado algún mecanismo que alimenta la aparición de increíbles historias, pretendidamente reales, que lejos de desaparecer, quedarán ancladas indefinidamente en el paisaje, imantando las piedras, los caminos, las montañas y a sus gentes; perpetuándose en el tiempo, a la espera de que algún grupo de curiosos se acerque para desentrañar sus misterios.

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