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Luces misteriosas en La Gomera

       .
El Roque Cano fue el escenario para la aparición
 de una extraña luminaria
Las historias sobre luces errantes son muy antiguas y, en muchas ocasiones, nos remiten a relatos de fantasmas o seres extraordinarios; leyendas que han sido contadas desde tiempos inmemoriales en todo el mundo. Sin embargo, cuando hablamos de avistamientos de extrañas luminarias en épocas más bien recientes tenemos la ocasión de delimitar y estudiar el fenómeno. Hace ya unos cuantos años, los investigadores Javier Sierra y Jesús Callejo las denominaron con el término
Existen centenares de testimonios que se refieren a ellas. Por lo general son descritas como focos luminosos que deambulan al nivel del suelo por zonas rurales. Su tamaño varía entre el de una pelota de tenis y el de una de baloncesto. Suelen adoptar un color entre el blanco y el amarillo. La observación suele ser de unos segundos pero puede llegar ser de varios minutos. En ocasiones denotan un comportamiento aparentemente inteligente, acercándose al testigo e, incluso, y si hacemos caso a los testimonios disponibles, a perseguirlos. La observación, en algunos casos, puede venir acompañada de un leve zumbido.

      Este podría ser el retrato robot de un fenómeno que ha ocupado durante años a numerosos investigadores de lo extraño. Los lugareños suelen convivir con estas historias de una manera natural. En un intento por explicar el origen de las luces acuden a la tradición popular que suele hablar de almas en penas o de lugares que esconden tesoros.
        Lo cierto es que en este caso podemos afirmar que nos acercamos a algo real, tangible. No se trata de una experiencia psicológica. Las luces parecen existir y dan la posibilidad de ser sometidas a algunos análisis. Prueba de ello lo es el experimento de Hessdalen. En este valle de la geografía noruega, las luminarias sin identificar parecen salir de debajo de las piedras. Este hecho llegó a causar cierta alarma entre los residentes del valle a principios de los años ochenta. El pico de actividad llegó a alcanzar los veinte informes por semana. El investigador Erling Strand, de la Universidad de Oestfold, intervino en el estudio e instaló una estación automática de medición en 1998. Cientos de fotografías relativas a extraños focos han sido obtenidas para asombro de curiosos e investigadores. El enigma de Hessdalen aún sigue abierto.
      En la Península Ibérica podemos destacar la emblemática Luz del Pardal, en Albacete,  y en Canarias, más concretamente, tenemos un buen catálogo que ha hecho las delicias de los estudiosos. Hemos indagado en algunas de las más desconocidas. Nuestra labor nos ha llevado a la isla de la Gomera.

La luz del Roque Cano
Me enteré de su existencia a través de un familiar cercano y aproveché una visita a la isla colombina para recoger más datos. Todo apuntaba a que se trataba de otra de esas luminarias misteriosas que recorren los caminos asustando a los lugareños. Sin embargo, hasta donde yo había podido averiguar, no existía información por escrito sobre este fenómeno en particular ni parecía que se hubieran registrado los numerosos testimonios e historias relativos a él. Estábamos ante un caso inédito.
El escenario es el frondoso valle en el que se ubica el pueblo de Vallerhermoso, en la parte norte de la isla. La entrada está presidida por un solemne peñasco denominado Roque Cano. Desde hace al menos setenta años se han producido numerosos avistamientos de un pequeño foco que se ha presentado en las cercanías de esta formación rocosa para hacer un recorrido que se ha repetido de manera impenitente.
Eustaquio Ventura, cronista de Vallehermoso, junto al autor
Muchos vecinos de Vallerhermoso son dados a hablar de esta historia y pude constatar que, sobre todo los mayores, recuerdan haber observado las evoluciones de la luz del Roque, en muchos casos aportando ricos detalles. Tuve la fortuna de dar con el ya fallecido cronista del pueblo, Eustaquio Vera; un señor que a sus ochenta y tantos años conservaba una memoria prodigiosa y gracias al cual pude obtener una jugosa información sobre ésta y otras historias.
“Yo era pequeño entonces… La luz se veía en la misma carretera. Asomaba por Buenavista. Lo que extrañaba era la velocidad a la que se movía, superior a la que podía caminar una persona”, declaraba don Eustaquio. Sus recuerdos se remontan a cuando apenas contaba con 10 años de edad; en torno a 1928 o 1930, mucho antes de que se hablara de ovnis, foo fighters o bolas de plasma. Una época que mi interlocutor recuerda como de especial dureza, cuando el hambre era moneda corriente y la gente se movía a pie, caminando grandes distancias. Muchas veces lo hacían por la noche, a través de caminos solitarios o cañadas a duras penas habilitadas. En no pocas ocasiones, las caminatas se hacían atravesando la densidad del bosque. En la espesura de la noche, los encuentros con lo insólito podían estar garantizados. En este caldo de cultivo, no era de extrañar que las historias relativas a sucesos misteriosos circularan libremente.
De hecho, la convivencia de los vecinos con la luz del Roque se hizo extrañamente familiar. Don Eustaquio confirma que en aquella época la veía casi todo el mundo, y aunque nadie pudo dilucidar su origen, la gente del pueblo llegó a acostumbrarse a su presencia que, en algunos periodos del año, llegó a ser diaria.
Historias de encuentros cercanos con esta luminaria hay muchos. El cronista me relata la de un caminante que iba con su burro proveniente de la vecina localidad de Las Rosas, cuando fue “adelantado” por la luz del Roque. “Él decía que vio venir una luz. Pensó que podía tratarse de alguien con un farolillo. Pasó por al lado de él pero no vio quien la llevaba. La luz siguió de largo”.
Florencia Sierra fue otra testigo del fenómeno. Según relata, pudo observarlo muchas noches y siempre hacía el mismo recorrido. En este caso los avistamientos se trasladan a un periodo que sitúa entre 1953 y 1954, siendo ella una cría.
“Por la noche, a partir de las diez,  se veía una luz que bajaba y subía y terminaba en una ermita (de la Pilarica) y nadie sabia qué era. La luz partía del roque, iba a Morera (un pueblo cercano), después volvía al roque y de allí a la ermita del Pilar y allí desaparecía. La gente iba a ver lo que era y no había nada. Se veía desde las casas. Se veía todas las noches. Cuando yo la vi, tenía 10 años”, afirma Florencia.
La luz hacía su aparición a diario y haciendo siempre el mismo recorrido. Nuestra testigo la describe como “la luz de un farolillo, redonda y de color amarillo”. Suscribe el hecho de que el fenómeno compartiera la vida cotidiana de los vecinos: “La gente se llegó a acostumbrar a ver eso, era como normal. Eso lo vio el pueblo entero”. Generalmente, la explicación que se le daba era que aquello debía tratarse de un alma en pena. Al respecto, Florencia me cuenta un suceso que estaría presuntamente en el origen de este fenómeno. Se refiere al un grupo de gitanos, que se dedicaba a la venta ambulante en los pueblos, que fue asaltado por unos desconocidos. Aquellos fueron asesinados y se les robó todo el género. Las observaciones de la luz serían debidas por tanto a las manifestaciones de sus espíritus.
           Tampoco faltan las voces más pragmáticas en el propio pueblo a la hora de resolver este enigma y hay quien lo achaca todo a las acciones furtivas de un revolucionario. Se llamaba Salvador y era buscado por la Guardia Civil. Era bastante conocido el pueblo. Salvador se escondía en el Roque, aunque por la noche bajaba al pueblo a buscar comida y luego regresaba. Según Florencia “eso ocurrió en la misma época en la que se veía la luz” aunque, como ella misma reconoce, Salvador fue apresado y la luz del Roque siguió observándose por las noches. Ello fue así durante unos cuantos años hasta que “un día dejó de verse, no se sabe por qué”. Casi tan misteriosa fue su desaparición como su presencia.

La luz de la Dama
Paralelamente, las historias sobre luces de ánimas nos llevan a la localidad de la Dama, a unos pocos kilómetros de distancia, en el suroeste de la isla colombina. Eustaquio Ventura nos regala algunos relatos sobre sucesos que habrían tenido lugar en este paraje: “Yo conocí un señor serio que me hizo el cuento. Había  allí, en la Vega Abajo, una ermita de José Gregorio Hernández, el doctor venezolano. Bajo la ermita hay unos pajares, donde dejaban las reses, las yuntas…y tenían que ir a medianoche para llenarles el estómago a los animales ya que estaban todo el día sin comer. Y claro, ese hombre tenia una vaca que se le puso de parto, fue y se lo dijo a la mujer, que tenían que ir para ayudar al parto de la vaca. Total, que no se a qué hora sería, creo que más bien de madrugada, el hombre bajó a un llano y vio a la subida de un barrio, Santa Catalina , en la curva de la carretera una luz fuerte y pensó que era un vecino que iba a Chipude a coger la guagua que lleva a San Sebastián. Entonces, como esta gente era muy hospitalaria, le dijo a la mujer que preparara café y una copita de coñac que’ voy a llamar a aquel cristiano para que tome algo’. Cuando salio de la puerta la luz estaba en la orilla del patio. Le habló pero la luz no hizo ningún gesto ni ruido ni nada…Cuando fue a mirar otra vez ya la luz no estaba”.
            Algo parecido le ocurrió a dos amigos que cierta noche, a las dos de la madrugada, se encontraban en una cementera. Según me cuenta Ventura, ambos estaban al tanto de las observaciones extrañas que se habían producido. “A uno de ellos le dieron ganas de ir a orinar. Salió fuera y vio algo que no le cuadró”. A no más de 20 metros tenía a la luminaria. Al momento entró en el inmueble para avisar a su compañero: “¡Compadre, asómese para que vea!”. La luz se alejó ante los atónitos testigos y se perdió en la oscuridad.
            Un joven del lugar tuvo un grave encontronazo con el fenómeno. Cierta noche, circulando con su coche, la luz se le posó en el capó. El muchacho le comentó a Eustaquio que milagrosamente no se mató. Fue tal el temor que sintió desde aquel día, que no era capaz de ir sólo en su vehículo y muchas veces prefería viajar en taxi.
            La tradición popular terminó asociando las extrañas apariciones con la situación de un tesoro, origen legendario de muchas luces populares reportadas en otras partes del mundo. En este caso, tres amigos que fueron a buscar un tesoro enterrado en la playa de la Dama acabaron discutiendo sobre el reparto del botín. Dos de ellos murieron en una reyerta y el tercero escapó con las manos vacías al desconocer la localización del tesoro. También aquí, según la versión de la historia, encontramos referencias a almas en penas; las de los dos individuos cuya avaricia les llevó a vagar eternamente por los caminos que conducen a la playa. Al margen del interés que suscite el fenómeno físico, se trata de leyendas con una carga moral innegable.
            Las observaciones de luces errantes en los campos y bosques de la Gomera, tal y como ha ocurrido en el resto del mundo, se han ido diluyendo con el paso de los años dejando un legado repleto de testimonios y registros que los investigadores tenemos la ocasión de seguir analizando. La llegada de la modernidad dio luz a los caminos y los reportes han desaparecido. Sería tentador, por tanto, reducir el fenómeno a una mera cuestión psicosocial. Sea como sea, los testimonios están ahí, llamando nuestra atención. Aún estamos a tiempo de recuperarlos y analizarlos sin prejuicios antes de que pasen a dormir el sueño de los justos.

Luminarias extrañas en todo el archipiélago
“Ocurrió en el moyero de Guillermo Mesa. El moyero es ese lugar de donde se sacan todas las piedras de la tierra. Allí se encendía una luz a la una o dos de la mañana, una luz muy intensa. Los vecinos tuvieron conocimiento de esa luz. Lo comentaron. Este señor se enteró de que esa luz se encendía en su propiedad. Ese hombre un día la vio, se armó de valor y fue hasta ese sitio y la luz desapareció. Empezó a apartar las piedras y se encontró con una caja y esa caja contenía monedas de oro”. Es la historia relatada por Domingo Rodríguez, cronista de Santa Úrsula, pueblo situado en el norte de Tenerife. Lo narraba de una manera tal (con nombres, apellidos y datos concretos) que uno podría pensar que los hechos tuvieron lugar de la forma en que fueron relatados. Y posiblemente, en esencia, así debió suceder. Rodríguez me contó el encuentro de un vecino conocido en el pueblo con un extraño fenómeno luminoso que en Canarias ha tenido lugar centenares de veces.
De necesidad es, si hablamos de luces populares en Canarias, referirnos a la Luz de Mafasca, en Fuerteventura; posiblemente, la más conocida. La cantidad de detalles ha sido tal que, como ejemplo, tenemos la descripción que hace Antonio Marichal Bueno, Jefe del Servicio Meteorológico del Aeródromo de los Estancos, quien en 1950, tras un espectacular encuentro con la luz, relató lo siguiente: “Tenía una forma redonda cuyo tamaño sería del foco de una linterna y un color blanquiazul bastante brillante; en estas condiciones la observé durante unos cinco minutos y a una distancia aproximada de sesenta metros. Acto seguido, se vino hacia donde yo estaba ‘posándose’, si así podemos llamarlo, en el copo de una higuera que se encontraba a unos nueve metros. Entonces aumentó su tamaño hasta llegar a obtener unos cuarenta centímetros de diámetro, siempre completamente redonda y un color, entonces, de un blanquiazul que tenía en un principio un color rojizo, como si tuviera llamas en su centro. También observé que, al llegar al máximo de su tamaño, se desprendían unas chispas por toda su periferia –definiéndolo vulgarmente- como lo que sucede al afilar una herramienta en la piedra de esmeril, que dejaban de brillar dichas chispas a unos veinte centímetros del disco y sin dejar rastro alguno. Una vez ocurrido esto y pasados unos nueve minutos volvió a su primitivo estado viéndolo desaparecer a ras de la tierra a gran velocidad. Cuando llegó al máximo de su desarrollo, la iluminación fue tan extrema que el campo quedó completamente iluminado”.

¿Un fenómeno físico inexplicado?

Grabado del siglo XIX en el que aparece un rayo en bola
Los intentos por explicar la naturaleza de las luces populares no han sido pocos.  Una de las apuestas es la que nos remite a los rayos en bola o rayos globulares; una especie de descarga eléctrica que adopta forma esférica en momentos en los que la atmósfera está cargada (ioniza el aire) y hay humedad en el ambiente, es decir, sobre todo con tormentas aunque también se pueden producir con tiempo seco. Lo escurridizo del fenómeno ha hecho muy complejo su estudio y aún no se comprende muy bien bajo qué condiciones concretas tiene lugar. El investigador canario Ricardo Campo hace en su libro Luces en los cielos una radiografía de este curioso fenómeno físico: “Algunos de estos informes describen formas luminosas esféricas, de vivos colores, que se desplazan rápidamente o quedan estáticas. Su diámetro puede oscilar entre los 20 y los 30 centímetros. Sus movimientos son erráticos e independientes en ocasiones de la dirección del viento y de la gravedad. Un color muy repetido es rojo anaranjado y se han podido computar velocidades superiores a los 100 km/h. Su anómala duración roda los 10 segundos, quizás el aspecto que más intriga a los investigadores. Puede producir sonidos semejantes a zumbidos y desprender un olor que recuerda al azufre. En ocasiones ha interferido emisiones de radio, además de dejar huellas en el suelo y afectar a seres humanos con parálisis y quemaduras. Su capacidad destructiva puede llegar a ser muy grande. En otros casos ha penetrado en las casas a través de las ventanas sin causar agujeros en el cristal. En otras ocasiones pasó cerca de una persona y ésta no notó calor, mientras que en otras resultó quemado, o material combustible se inflamó. Puede desaparecer tras una sonora explosión o bien silenciosamente.”

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