
Todo comenzó con las observaciones de un astrónomo aficionado. Posteriormente, el hallazgo sería confirmado por el JPL (Jet Propulsion Laboratory), a través de un telescopio de infrarojos, situado en el monte Mauna Kea (Hawai). Posiblemente se tratara de un comenta pero la marca oscura que dejó, cerca del polo sur, perfectamente visible, tenía el tamaño de nuestro planeta.
Se había producido un acontecimiento planetario de gran magnitud. Pero ni mucho menos había sido el único.
Inevitablemente, el suceso nos lleva al recuerdo de otro muy similar ocurrido en 1994. Aquella ocasión constituyó la oportunidad perfecta para seguir las evoluciones de un cometa (el Shoemaker Levy) en su posible rumbo de colisión contra un planeta de nuestro sistema solar. Sería la primera vez en la historia que el ser humano podría asistir en directo a la colisión entre dos objetos del espacio.
Un año antes, en el verano de 1993, ya se habían detectado rastros del Shoemaker Levy. La NASA se planteó el reto de hacer un modelo con la trayectoria del cometa y predecir el impacto contra Júpiter; todo un desafío para la tecnología del hombre y un experimento con unas implicaciones importantísimas. Los científicos se habían estado preguntando desde hacía mucho tiempo si ello sería posible, dada la gran probabilidad (algo casi inevitable) de que en un futuro la humanidad tuviera que hacer frente a un peligro semejante.
El Doctor Paul Chodas, del programa de Objetos Cercanos a la Tierra, tuvo este cometido. Ya a un año vista, y con los datos disponibles en ese momento, los modelos de Chodas eran coincidentes en un 60%. Meses antes, el grado de acierto era de un 90%. ¡Se pueden predecir colisiones de asteroides y cometas!
El espectáculo fue único. El Shoemaker Levy se fue despedazando al entrar en la atmósfera de Júpiter. Una hilera de increíbles fulgores fueron observados sobre su superficie. La marca que dejó se calcula en unos 12.000 kilómetros de diámetro.
La vida en la Tierra, en el futuro, dependerá en gran medida de este tipo de predicciones. Detectando al asteroide con bastante tiempo de antelación se podrían preparar misiones espaciales para desviarlo, planes de evacuación de la población en las áreas afectadas, etc...
Pero para ello la precisión de nuestros telescopios tendrá que mejorar bastante ya que habremos de mirar muy lejos.
Por otro lado, la colisión del Shoemaker Levy, así como la sucedida el pasado 20 de julio, ponen de manifiesto la gran importancia que juegan los grandes planetas de nuestro sistema solar, Júpiter y Saturno, a la hora de proteger nuestro frágil planeta. Los campos gravitatorios que generan estos gigantes desvían la trayectorias de rocas que serían potencialmente peligrosas para la vida en la Tierra. De otra manera, quizás no estaríamos aquí para contarlo.
Un dato que no me resisto a dejar escapar es el de la casi providencial coincidencia de fechas entre las dos colisiones contra Júpiter aludidas. El Shoemaker Levy también impactó un 20 de julio. ¡Justo 15 años atrás!
Nota: en la foto se aprecia el cráter colosal dejado por uno de los fragmentos del Shoemaker Levy
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