
La manifestación se hacía en el marco de la Conferencia sobre Consecuencias Biológicas Mundiales a Largo Plazo de una Guerra Nuclear, organizada en el citado año en Washington, y que contó con la asistencia de más de 500 ponentes.
La Guerra Fría alcanzaba uno de sus momentos álgidos, estaba teniendo lugar la invasión soviética de Afganistán, y la tensión entre los dos bloques vivía momentos insostenibles. La Cumbre de Washington auguraba consecuencias realmente apocalípticas en caso de un conflicto nuclear abierto entre las dos partes beligerantes. De ahí que en durante aquellos años, científicos de todo el mundo aunaran esfuerzos a la hora de concienciar a los políticos sobre lo estéril de una guerra atómica. Frutos de aquellos intentos fueron la Cumbre de Washington y algunos estudios que fueron recogidos en el libro El Frío y las Tinieblas firmado, entre otros, por Carl Sagan. Fue la primera obra que aludía al espeluznante término invierno nuclear.
Hoy, 27 años después, algunos temores siguen despiertos.
Una década sin veranos
El Boletín de los Científicos Atómicos es una organización que lleva 65 años alertando sobre los problemas derivados del uso militar de la energía nuclear. Se trata de un panel que, asesorado por un comité que incluye a varios Premios Nobel, emite informes periódicamente sobre esta cuestión. En estos días, en su página web, podíamos leer un sobrecogedor análisis con el título "Guerra nuclear local: Sufrimiento global" ya publicado en el número de enero de la revista Scientific American, por Alan Robock y Brian Toon, dos de los mayores expertos en la materia concreta que se ocupa de estudiar el impacto climático que tendría un conflicto atómico. La idea básica que desarrollan los autores es que un eventual conflicto local con armas nucleares no quedaría limitado a un área geográfica concreta. Sus consecuencias se extenderían como la pólvora al resto del planeta ya que modificaría drásticamente el clima a nivel global. Las partes afectadas, por tanto, no quedarían circunscritas a los bandos beligerantes. Una gran parte del mundo respiraría los efectos, alcanzando el conflicto dimensiones inimaginables.
Robock y Toon proponen el frágil escenario en el que se desenvuelven las delicadas relaciones entre India y Pakistán, ambas potencias atómicas. Un intercambio entre los dos países de alrededor de cien bombas de 15 kilotones (cada una equivale a la potencia desarrollada en Hiroshima) que afectara a las principales megaurbes, provocaría grandes incendios que dejarían en la atmósfera cinco millones de toneladas de polvo y cenizas. Una densa nube negra permanecería por encima del nivel de las nubes, que engulliría al planeta en el plazo de diez días.
La nube negra, que quedaría estancada en la estratosfera, no podría ser dispersada por la lluvia. Esta situación se alargaría, al menos, una década provocando graves efectos. Concretamente, se podría bloquear la entrada de la luz del sol y ocasionar daños en la capa de ozono. Un estudio llevado a cabo en 2008, predecía que se podría perder entre un 25 y un 45% de la capa de ozono en latitudes medias y entre un 60 y un 70% en latitudes altas. Esta situación favorecería la llegada a la superficie de la Tierra de los perniciosos rayos ultravioletas que afectarían gravemente a la vida.
Por debajo de la capa de humo, la pérdida de luz solar provocaría un enfriamiento medio en la superficie mayor que el experimentado en los últimos mil años. Ello tendría como consecuencia un acortamiento en los periodos de cultivos de, al menos, 30 días y reducciones significativas en el promedio de lluvias que, en algunas partes del planeta, por ejemplo en Asia, podría llegar al 40%. La Tierra se convertiría en "un lugar frío, oscuro y seco", según los expertos.
En un intento por explicar los efectos de este invierno nuclear, aluden al clásico ejemplo de la erupción del volcán Tambora, en Indonesia, en 1815. La capa de residuos que lanzó a la atmósfera fue de tal magnitud y de tal alcance que al año siguiente se produjeron en Norteamérica, en pleno mes de junio, intensas heladas, con grandes pérdidas de cosechas. A 1816 se le conoció desde entonces como el "año sin verano".
Robock y Toon predicen que la bajada de temperaturas ocasionada por una guerra nuclear sería entre dos y tres veces superior a la propiciada por el Támbora en 1816 y esta situación podría alargarse por un periodo hasta cinco veces superior, lo que vendría a equivaler a diez años; la Tierra viviría una década sin veranos.
El escenario propuesto por los autores considera que son utlizadas 100 bombas de 15 kilotones, es decir, el 1% del arsenal de los Estados Unidos y Rusia. En estos momentos dicho arsenal puede ser de unas 7.000 cabezas nucleares. Si en un eventual conflicto armado, se utilizara la mitad de lo apuntado, el efecto climático sería el de una reducción en la temperatura promedio del planeta tal que se podrían alcanzar cotas similares a las registradas en el pico de la Edad de Hielo, hace 18.000 años.
Finalmente, los autores se lamentan de que no abunden más estudios que profundicen en las secuelas en el clima de la Tierra que podría dejar un conflicto con armas nucleares.
Ciertamente, son muy escasos los informes científicos que se ocupen de este aspecto concreto, sí es cierto que existen y que de este asunto se ocuparon algunos estudiosos en su momento, sobre todo en los años ochenta.
El informe de Carl Sagan
En 1983 vio la luz el informe TTAPS. El acrónimo hace referencia a los apellidos de los autores, entre los cuales se encontraba el propio Carl Sagan. El proyecto utilizaba por primera vez un modelo informático para predecir las consecuencias de una guerra con bombas nucleares y fue pionero en muchos aspectos, entre otros, el de establecer el concepto "invierno nuclear" y el de analizar las modificaciones climáticas.
En aquella ocasión se proponía el uso de unas 15.000 bombas, aproximadamente la tercera parte del arsenal de entonces. El estudio consideraba que en ese caso fallecerían mil millones de personas como consecuencias directa de los bombardeos y los incendios ocasionados, y otras mil millones durante los años siguientes debido a las enfermedades producidas por el exceso de radiaciones, falta de infraestructuras sanitarias, carencia de agua potable, hambre...
En los años de la Guerra Fría este tipo de análisis, que estaban lejos de caer en el catastrofismo, supusieron un intento desesperado por apelar a la cordura de los políticos, aquellos que tenían las llaves del arsenal nuclear.
Hoy en día, siguiendo con un proceso iniciado hace ya veinte años con la caída del bloque soviético, la tendencia es al desarme por parte de las dos potencias tradicionalmente beligerantes. Hace unos días, en el transcurso de las negociaciones sobre desarme que están teniendo lugar en Washington, se hizo historia al suavizar Estados Unidos la doctrina militar que justifica el empleo de este tipo de armas y comprometerse, junto a a Rusia, a la reducción a un 30% del arsenal.
El peligro de una contienda abierta entre países para irse diluyendo. Sin embargo, hay un temor creciente que ya se manifestó en la propia cumbre, y es que un grupo terrorista (Obama apuntó a Al Qaeda) pudiera fabricar una bomba atómica y detonarla en alguna populosa ciudad. La voluntad por parte de estos grupos de cometer semejante barbarie parece fuera de toda duda. ¿Será mera cuestión de tiempo que llegue a ocurrir?
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